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Arroz cocido

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Hacía tiempo que trataba yo de encontrar un concepto. Mucho tiempo que buscaba una manera de explicar, de describir esa especie de pegamento en el tejido de la sociedad japonesa que la hace tan diferente, tan especial. ¿Cómo explicar esa capacidad para sobreponerse a las dificultades, para superar las catástrofes y las tragedias? ¿Cómo entender esa actitud individual y colectiva frente a la vida, en particular ante la dinámica de la vida en sociedad?  ¿Cómo describir los valores superiores que parecen conducir y orientar el accionar individual y colectivo de los ciudadanos de esta nación? ¿Podemos nosotros aprender algo de los japoneses? El devenir de la vida venezolana vive hoy un momento que más que nunca llama a la unidad de nuestra nación. Que llama al rescate de los más altos valores de la venezolanidad.  Que llama al concurso de los hombres y mujeres de bien y a la participación de todos. En medio de esa búsqueda, he tenido la fortuna de descubrir una explicación de esa noción, maravillosamente descrita en un extraordinario texto de mi distinguida amiga, profesora y académica, la Dra. Montserrat Sanz Yagüe. Como algunos de mis lectores recordarán, Montserrat, quién vive también en la ciudad de Kobe, es la autora del libro Frente al Pacífico (Isla del Naufrago Ediciones, 2011).  Su texto, titulado "Arroz Cocido", fue leído durante su intervención en la presentación del libro de su autoría  en Segovia, España, en Junio del pasado año, apenas tres meses después del terremoto y tsunami que asoló la región nororiental del Japón.

Montserrat nos revela que en el fondo lo que mueve a los japoneses es algo muy básico, algo que le es común a todos los seres humanos. Algo que cualquier ser humano sería capaz de comprender y cualquier sociedad capaz de aplicar y practicar. Trata sobre el impacto de lo individual en lo colectivo y viceversa. Sobre la importancia de los valores. No es solo este un texto meritorio por su significado y contenido, capaz de sintetizar ese concepto que me había sido tan esquivo. Lo es también por su calidad y por su valor literario, que le han llevado a ser recientemente seleccionado para el "Examen de Selectividad de Lengua Castellana de la Comunidad de Madrid". He tomado prestado su título para el post del Blog de hoy y reproduzco el texto parcialmente a continuación. Espero que ustedes disfruten de su lectura y que nos sea de ayuda, de ilustración e inspiración a todos los venezolanos para lograr la unidad que tanto necesitamos para el futuro. Aprendiendo sobre el "arroz cocido" de los japoneses, tras dejar atrás las dificultades de los últimos años, tal vez podamos pronto hablar nosotros de un "Pabellón Cocido". Un plato donde se unan, se fusionen, se amalgamen los ingredientes que nutren la rica diversidad de nuestro país; para lograr una excelsa armonía de sabores, una completa unidad e inclusión, capaces de llevarnos al logro del bien común y a la grandeza de Venezuela.


Presentación del libro "Frente al Pacífico", Junio de 2011.
por Montserrat Sanz Yagüe


"Cuenta un escritor brasileño amigo mío, Edweine Loureiro, que, en una cena en la que le preguntó a un anciano japonés cómo pudo transformarse Japón tras la Guerra Mundial en una potencia económica, éste le respondió ofreciéndole un tazón de arroz con una sonrisa. Mi amigo pensó que su interlocutor había optado por ignorar la pregunta, pero éste, consciente de la perplejidad de su compañero de mesa, le ofreció una explicación de su metáfora. "Al término de la guerra, no teníamos arroz para comer", le aclaró. "Entendimos que sólo trabajando juntos e intensamente seríamos capaces de vencer al hambre y a la miseria. Así que nos convertimos nosotros mismos en arroz cocido: cuanto más pegados unos granos a otros, más fuertes nos hacíamos." El arroz japonés constituye la alegoría perfecta para ilustrar las diferencias entre la naturaleza de este pueblo y la nuestra: mientras nuestro concepto de arroz de calidad incluye como condición indispensable el que sus granos estén sueltos, el arroz japonés es pegajoso. Cada grano, redondo y lleno de almidón, se encuentra pegado a otro, de manera que comer con palillos no supone ninguna dificultad: los granos nunca se caen y el tazón queda invariablemente limpio al final. El señor de la historia le hizo entender a mi amigo que los japoneses, ante una catástrofe de proporciones inimaginables, hicieron lo que mejor saben hacer: poner el bien común por encima del individual. El progreso se derivó de ello por sí solo, y en la repartición de los beneficios también entraron todos.

El arte de anteponer el bien común al propio, tan bien visto, aceptado y predicado universalmente, no es sin embargo practicado con frecuencia en muchos lugares del mundo. ¿Es, pues, inalcanzable para seres que no posean una cualidad humana especial? ¿Cómo se implementa en actos concretos? La lección que recibimos con cierto desconcierto los occidentales que vivimos en Japón es que la cuestión carece de misterio, ya que no requiere de ningún sacrificio heroico ni de ninguna capacidad sobrenatural. Hacer bien el trabajo de uno, sin cuestionar ni eludir sus aspectos más ingratos, cualquiera que sea el oficio y la consideración social que reciba, es la única clave para pertenecer a ese arroz cocido colectivo y beneficiarse al mismo tiempo como individuo. Si todo el mundo sigue el mismo principio de no escabullirse de los aspectos que no le gustan del trabajo y los realiza con la misma diligencia que aplica a aquellos que le agradan --a pesar de inclinaciones propias que motivarían a uno a no hacerlo así-- no hay razón para establecer percepciones clasistas en cuanto al valor del trabajo de cada uno. Todos somos parte pequeña de una gran maquinaria y navegamos en el mismo barco. Una definición simple de respeto al trabajo como un privilegio sagrado y de respeto mutuo que cualquiera puede entender.

La paradoja es que este arte de vivir en colectividad consiste, precisamente, en ser del todo individualista, responsable absoluto y soberano de la tarea a uno asignada. Ser parte importante del grupo parece consistir en asumir una tarea concreta de forma verdaderamente independiente para realizarla en toda su perfección. No existe por tanto pérdida de libertad en la pertenencia a la colectividad, sino precisamente un gran individualismo. Y si esa labor que el destino te asigna no corresponde a tus sueños, tampoco es culpa del trabajo, sino de uno mismo. Mientras se aspira a más, la obligación se ejecuta con respeto y agradecimiento por tener algo en qué realizarse como humano. Esta otra definición de individualismo, diferente a la occidental, destaca el reto personal de realizar bien la empresa que uno ha aceptado, consciente de que lo contrario siempre redundará en perjuicio de alguien. Una realización de nuestras capacidades al máximo que conlleva siempre una gran auto satisfacción. La  base de las sonrisas ubicuas en Japón. Esta relatividad "cuántica" oriental penetra en las experiencias diarias de los extranjeros que vivimos en Japón y hace que se desmoronen todas nuestras certezas occidentales. A medida que nos adaptamos a vivir en su cultura, vamos relativizando nuestras creencias, despojándonos de algunas y comprendiendo un poco más los conceptos ambiguos que subyacen a esta cultura lejana, donde nada es lo que parece y todo es a la vez transparente de puro básico"


izquierdomoreno@gmail.com
twitter: @nizquiermo

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