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UNA BALA TRUNCÓ LOS PROYECTOS DE RUBÉN DARÍO

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Cada día el hermano adolescente de Rubén Darío Reinoso Álvarez se levanta, se arregla y desayuna para ir a sus clases en el Colegio Ilustre Americano. Cuando está listo va y busca en el cuarto al que era su único hermano para que lo lleve a la escuela, pero cuando entra a la habitación vuelve a la dura realidad: su héroe de toda la vida, quien lo entrenaba para que llegara al baloncesto profesional ya no está con él: un gatillo alegre le arrancó la vida de un disparo la madrugada del pasado 20 de octubre en las afueras de una discoteca del este de Barquisimeto. El joven apenas tenía 19 años de edad.

El muchacho se deprime, enciende el televisor y comienza a recordar a su hermano: un fotomontaje sobre la vida de Rubén Darío comienza a rodar. El joven recuerda allí algunos de los momentos más felices junto a su hermano. En las fotos se ve a un joven alegre, sonriente, de aspecto amable, siempre con un gesto gracioso en la cara. Se trataba de un muchacho moreno, de 1.80cm de estatura, contextura delgada y facciones finas. Siempre vestía jeans, franela y zapatos deportivos.

Aunque los momentos son de felicidad, en pocos segundos el video le arranca par de lágrimas al hermano, pues entiende que aquellos momentos de alegría con Rubén Darío no volverán.

A pesar del momento amargo que vive, el joven se muestra fuerte y desde que su hermano murió no ha dejado de ir clase, aunque ya los días no sean iguales para él. “Ahora me cuesta mucho concentrarme, pienso mucho en mi hermano, no ha sido fácil; pero he salido adelante”.

Recuerda que su hermano adoraba el baloncesto y quiso ser jugador profesional, pero por cosas del destino inició una carrera universitaria que lo desvió a otro camino. “El siempre estaba pendiente de mí; me decía que yo iba a ser más alto y aseguraba que sería mejor jugador, que era su orgullo. Él me entrenaba y motivaba mucho, me hacía sentir muy bien. La verdad era un hermano muy especial; siempre estaba pendiente de mí”.

El recuerdo de Rubén Darío está vivo en la familia y según lo expresan los mismos integrantes de la familia, será así hasta el fin de sus vidas.

Maritza Álvarez de Reinoso, la madre, no dormía hasta que su muchacho no llegara a la casa. Dice que siempre salía a compartir con los amigos en los apartamentos vecinos del sector. “Me paraba en el balcón a esperar, hasta que veía su silueta a lo lejos. Ya sabía que era él y le abría la puerta. Cuando se hacía tarde y aún estaba afuera, lo llamaba para que se viniera y al rato llegaba”.

La madre recuerda que Rubén Darío siempre entraba y salía, que mantenía la casa alegre porque siempre llevaba a sus amigos a comer con ellos. Se los llevaba a los paseos de la familia a Chichiriviche, Cubiro o Elorza.

“Siempre nos llegaba con varios muchachos para que los lleváramos a los viajes de la familia. Él era así, le encantaba compartir con todo el mundo; era muy tratable”.

Cuando llega la noche, la madre poco duerme. Cada vez que escucha un sonido cree que es su hijo de retorno a casa, pero luego reflexiona que ya no volverá.

Sentada en un sofá de cuero blanco, en la sala de su casa, suspira, hace una pausa y luego rompe el silencio nuevamente. “Recuerdo que siempre estaba pendiente de cómo lucíamos, me decía mamá vamos a trotar no te vayas a dejar pasar de kilos, tienes que verte bella y joven. Él era así, siempre motivando a la gente.”

Rubén Darío, todos los días, salía a trotar. Su pasión era el deporte. Jugaba baloncesto con torneos inter empresariales con la empresa Crioven 20, cumplía funciones de piloto y de escolta, las mismas que defendía en el equipo de la Universidad Fermín Toro, donde estudiaba cuarto semes tre de Ingeniería Mecánica. Sus familiares recuerdan sus palabras: “Lo que no pude lograr en el baloncesto, lo alcanzará mi hermano menor”.

Tenía puestas sus esperanzas en que se convertiría en un jugador profesional.

La otra pasión era el fútbol, deliraba con los goles y triunfos del Deportivo Lara en Venezuela y FC Barcelona en España. Solía ir al Estadio Metropolitano de Lara a acompañar al equipo de la región.

Rubén Darío, el padre, recuerda al hijo como una persona dinámica que siempre mantenía a la familia alegre con sus ocurrencias. “El siempre estaba inventando cosas para divertirnos. Siempre se peinaba como yo y comenzaba a imitarme, hablaba igual que yo, hacía todos los gestos; me imitaba muy bien y yo lo disfrutaba porque sé que lo hacía con mucho amor. Era un humor sano y lo transmitía a toda la familia”.

El hecho de no tener al hijo mayor en casa, no ha sido fácil para el papá. Dice que desde la pérdida no ha podido trabajar. “No logro concentrarme en la oficina; no he ido desde que murió. Yo quería que cuando se graduara tomara las riendas de la empresa; esto es muy triste”.

En la habitación de Rubén Darío, hijo, están todas sus cosas ordenadas, está el iphone, su computadora, un televisor de 32 pulgadas, una cama matrimonial y encima la camiseta con la cual jugaba en Crioven 20 y otra con la cual participó en el juego de las estrellas del baloncesto profesional venezolano.

La violencia se lo arrebató a la vida y sólo aferrados a su recuerdo, logran sus familiares resistir el dolor profundo de una ausencia injusta e inesperada.

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