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El Bigote como obra de Arte

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El bigote como obra de arte

Lo que Dalí pone en vigor es la vida como espectáculo, el hombre como show, el bigote como obra de arte. Hay siempre mucho dilema a propósito de si fue mejor escritor que pintor, ladeando así su condición de creador total, que es un milagro difícil de soportar, en España, y desde siempre.

Ahora tenemos a Dalí en el Museo Reina Sofía, para varios meses, y ahí se ve que, por encima de todo, Dalí inaugura un universo, entre el onirismo de lejanía y el primor del dibujo pensativo. El Dalí personaje, tan estruendoso, nunca debiera nublarnos el gigantismo de su obra varia, que tiene la tradición de la ruptura y un vanguardismo de tigres que vuelan.

El Dalí personaje es una obra más de Dalí, que vivía en artista, incluso dormido. Y sin incluso. Sobre todo, dormido. Acuñó una imagen exótica, desmesurada y lúcida, y hasta fue al “Un, dos, tres”, aquel éxito de Chicho Ibáñez, a regalar una calabaza galáctica. Imitarle es fracasar, pero él, en la autoimitación, fijó el auge de su éxito.

Está en el Reina Sofía todo su zoológico emocional, ahí medio vecino al Palace, donde un día quiso pagar la estancia con un mural a tiza en la suite correspondiente. Un mural fantasma, por cierto, porque lo borró la asistenta de limpieza, muy de mañana, que estaba, la mujer, en su mundo. Casi parece otra boutade daliniana.

 

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