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Botín, orgulloso de su familia

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En la década de 1970 el Santander era ya un banco que había conseguido trascender sus límites provinciales y nacionales. Emilio Botín-Sanz de Sautuola y López había apostado por Hispano América, el destino natural del Puerto de Santander y de los muchos indianos de aquella tierra. Entre sus dos hijos, Emilio y Jaime, pronto quedaron repartidos los papeles. Predominancia de Emilio, el mayor, en el Santander, con Jaime de vicepresidente y las tornas cambiadas en Bankinter, el Banco que el viejo Botín había creado con el Bank of America.

Decían las lenguas envidiosas de la época que el más listo de los hermanos era el segundo, que Emilio sólo sería presidente por ser el mayor. Pues menos mal que no era brillante, que si llega a serlo se come la banca mundial. Ha sido siempre un hombre de un enorme empuje, que ha ido forzando los pactos sobreentendidos en el sector sin jamás quebrar ninguno. Y un hombre que creía que su negocio era la banca. Que llevaba el nombre del Santander por encima de todo hasta el punto de quitar la preposición «de» del nombre «Banco de Santander». Y era un español muy orgulloso de serlo. Cuando en estos últimos tiempos habilitó como vivienda el palacete de El Promontorio, que fue el domicilio de sus padres, izó sobre el torreón una gran bandera de España como la que preside el arco del edificio del banco en el paseo de Pereda de la capital cántabra. Él no necesitaba más banderas.

Ha sido un hombre orgulloso de su familia: tanto de quienes le han seguido en el Banco, como sus hijos Ana y Javier, como de los que han seguido otras vocaciones: financiera en el caso de su hijo Emilio, histórica en el de Carolina, el arte en el de Paloma y Carmen, viuda de Severiano Ballesteros. De la pasión de su muer Paloma por la música recibió una lección. A finales de la década de 1980 asistían ambos a una reunión del Fondo Monetario Internacional. Durante la cena estaba invitado a tocar uno de los grandes pianistas del momento. Interpretó una primera pieza, y antes de enfrentarse a la segunda, tomó la palabra y dijo que lo que más le alegraba de aquella invitación a tocar era ver que entre tanta gente tan poderosa estaba una mujer que tanto hacía por la música: Paloma O%u2019Shea. Muchos banqueros del mundo se enteraron ese día de quién era Emilio Botín.

La pasión que sentía por Santander se ha traducido en la creación del Centro Botín. Recogiendo el legado de su tío Marcelino Botín, Emilio hizo crecer inmensamente la fundación hasta el punto de poder permitirse ahora, hacer un proyecto de las dimensiones del Gugenheim de Bilbao o el Niemayer de Avilés, pero con un matiz fundamental: Pagado íntegramente del dinero de la Fundación Botín. Hasta los túneles para el tráfico subterráneo. El valor de la iniciativa privada por la que Emilio Botín apostó siempre.

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