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El poder de la calvicie

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Raparse, como el caso del actor Bruce Willis, se asocia con vigor y autoridad. | El Mundo

 

Si es usted varón y su cráneo comienza a clarear, tal vez debería pensar en coger la maquinilla de afeitar y raparse completamente la cabeza. Según un estudio, los hombres completamente calvos son percibidos por los demás como más dominantes, más fuertes y más altos; aunque, eso sí, los que lucen una buena cabellera son vistos como los más atractivos.

Al menos esa es la conclusión que sacó Albert Mannes, de la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, en un estudio publicado en la revista 'Social Psychological and Personality Science'.

Mannes cuenta en el diario 'The Wall Street Journal' que él mismo percibió algo de eso cuando decidió afeitarse la cabeza al ver que comenzaba a 'clarear'.

Para confirmar sus sensaciones llevó a cabo un experimento con 60 voluntarios a los que les mostró fotografías de varios hombres; en una de las imágenes el sujeto tenía pelo y, a continuación, les mostraba al mismo caballero 'rapado' por obra y gracia del Photoshop.

Después e analizar las valoraciones de los voluntarios, observaron que la calvicie total hacía que percibiesen al mismo sujeto como más dominante, más fuerte, más atlético e, incluso, un poco más alto de estatura.

Raparse la cabeza, señala este curioso experimento, les hacía puntuar más en aspectos como autoridad, masculinidad e influencia; aunque, eracon pelo como los voluntarios percibían más atractiva la fotografía. El imaginario social de héroes, atletas o militares completamente afeitados podría estar detrás de esta curiosa percepción sugieren los autores.

Mannes y su equipo repitieron la prueba dando descripciones verbales de varios hombres; unos completamente rapados, otros con pelo, y un tercer grupo con algo de pérdida de cabello propia de la edad. De nuevo, los varones rapados fueron percibidos como los más autoritarios y dominantes; eso sí, a costa de resultar menos atractivos a ojos de los demás.

En los dos casos, los observadores preferían una cabeza completamente rapada a la calvicie incipiente; por eso, el autor sugiere que aquellos varones que comiencen a sufrir la pérdida de pelo (que afecta a 35 millones de ellos, sólo en EEUU) podrían ganar en autoconfianza si se deciden a coger la maquinilla.

La varonil preocupación por la calvicie no es nueva; ya en la antigua Roma los emperadores se obsesionaban con ocultar sus entradas, porque se consideraba que el pelo era un símbolo de masculinidad, vigor y belleza. Tal vez, si César hubiese leído el trabajo de Mannes hubiese optado por raparse en lugar de cubrir su incipiente calvicie.

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