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Por qué la crisis no se acabará nunca

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Imagen de la manifestación del pasado jueves ante el Congreso. | A. di Lolli

 

#cosasmasreformistasqueestegobierno es un hashtag de Twitter que a los colgados como yo hace mucha gracia. Entre las respuestas que hay están, por ejemplo, "Mocedades", "la gala de Raphael en Nochevieja", "Javier Clemente", "Fernando VII", y así sucesivamente. Uno de los partícipes más entusiastas en la frikada fue @Egocrata, que pocos días antes había tuiteado: "Hora de pedir un Colegio de Blogueros con colegiación obligatoria y fuertes barreras a la entrada para proteger mis beneficios". Un servidor replicó: "Y también un colegio de tuiteros".

Sería un chiste si no fuera un drama. O, más bien, una tragedia. El tipo de cambio de España está sobrevalorado en un 10%. Eso significa que los precios de todo deberían caer al menos en esa proporción. Al decir de todo, se quiere decir, de todo.

La caída de los precios se puede lograr por varias formas. Una es haciendo que la demanda de bienes y servicios se desplome, porque la gente no tiene dinero que gastar. Ésa parece la senda en la que estamos en España. Otra podría ser actuando sobre la oferta de esos bienes y servicios, creando más competencia. Ésa, ni se plantea.

Un ejemplo: en 1997, al poco de ganar las elecciones, el Gobierno de Aznar forzó a registradores, notarios, etcétera, a bajar sus cuotas. Era una medida con gónadas políticas, porque esos gremios suelen votar al PP. Ahora, el Gobierno de Rajoy (registrador, al fin y al cabo) no les mete mano. El último en pedirlo ha sido el FMI. Ni por ésas.

El resultado es que la economía de España continúa fosilizada. Más que antes, si cabe. En nuestro país, cuando se habla de "liberalización", solo pueden seguir dos frases:

-"Del mercado laboral";

-"De los horarios comerciales"

España es como una familia con todos sus miembros en el paro en la que la única solución es recortar gastos. A nadie se le ocurre, por ejemplo, salir a buscar empleo. O como una empresa con una deuda no muy grande, pero sí imposible de pagar, que se obsesiona con recortar el gasto y subir los precios, pero sin crear nuevos productos. El resultado es la quiebra.

Eso no basta. El mercado energético español, por ejemplo, es un desastre. Y, a un nivel más pedestre, están los colegios profesionales, de donde viene el chiste de @Egocrata. El de tuiteros no existe. Ni el de blogueros. Una lástima, porque de lo que se trata en España es de bloquear las barreras a la entrada en el cortijo de cada uno.

Permisos administrativos, tasas, regulaciones, etcétera, son la mejor forma de proteger a los pocos que tienen de los muchos que no tienen nada. El hecho de que en España no exista un mercado único es ilustrativo. Aunque, según Rajoy, no somos Uganda, sí podríamos hacer como otros países en vías de desarrollo (Ruanda, Nepal o Bután, por citar unos ejemplos) que han pedido ayuda al Banco Mundial para unificar sus mercados interiores.

Las reformas liberalizadoras son problemáticas porque siempre se molesta a alguien. Todos estamos a favor de que se liberalice... a los demás. Encima, no suelen generar crecimiento en el corto plazo. Como me explicaba el economista Nicolas Véron, del think tank Peterson Institute for International Economics, el lunes pasado, "no se trata de eliminar un cuello de botella y mágicamente generar crecimiento. Es un proceso mucho más largo". Entre medias, hay sufrimiento por los afectados, e incertidumbre.

Así que lo de las reformas es muy evangélico: creer sin ver. Y sin saber si se va a ver. Una reforma de la educación tarda como poco 20 años en notarse. Ningún cargo público tiene incentivos -ni gónadas- para hacer algo cuyos efectos se sentirán en 2033.

Entretanto, en España estamos creando dos economías. Una blindada a la competencia. Otra, ultraliberalizada. Un ejemplo: a pesar de todo lo que se habla de reducción de salarios, éstos apenas empezaron a caer hasta el año pasado.

La razón es que, en nuestro peculiarísimo concepto de 'cohesión social',primero echamos a los trabajadores que no están fijos, y luego a los baratos, cuyos costes de despido son menores. Encima, el colapso de la construcción echó al paro a trabajadores que, por definición, cobraban menos. Ahora, solo quedan los jefes por despedir. Pero ningún jefe se va a despedir a sí mismo.

Dado que la economía blindada está protegida por las diferentes Administraciones, y que es escasamente productiva, el crecimiento dependerá de la otra, totalmente liberalizada y expoliada, y cuyos elementos más dinámicos se están yendo del país. Así, la crisis no se acabará nunca.

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