Avisar de contenido inadecuado

El drama de las Ordóñez

{
}

 

 

CARMINA Y BELÉN nacieron entre algodones, pero el destino de las hijas del diestro estaba escrito en negro. Ambas intentan ahora, en dos clínicas catalanas, superar su dependencia de las drogas. Para recuperarse, Carmen aprende a poner la lavadora, el ordenador y a planchar
MARIA EUGENIA YAGÜE

El día que murió Carmen Dominguín, un amigo íntimo del matrimonio Ordóñez pronosticó en el mismo velatorio: «A partir de ahora, esto va a ser un desastre, esta familia se va al garete». En 1982, un cáncer se llevaba por delante a una mujer extraordinaria.Todos los que conocieron a Carmen González Lucas, hermana de Luis Miguel Dominguín y esposa de Antonio Ordóñez, coinciden en sus apreciaciones. Era de una bondad fuera de serie, generosa, alegre, educada y cortés al máximo, con mucho sentido del humor, guapísima y muy enamorada de su marido.


También están de acuerdo en algo más. No supo, no quiso o no pudo educar a sus dos hijas Carmuca y Belén. Así se lo contaba a una amiga que hoy lo recuerda. «He sido muy blanda con las niñas, no sé cómo les irá ».

Los pronósticos, por desgracia, se cumplieron. Carmen está en una clínica psiquiátrica de desintoxicación y su hermana Belén abandonó la terapia de otro centro psiquiátrico el pasado viernes, incapaz de seguir el tratamiento de grupo al que estaba sometida.

No es la primera vez que cada una de ellas pasa por este trance, pero en su entorno son pesimistas: seguramente no será la última.Para quitarse la adicción a las drogas, hay que reconocer primero que esa dependencia existe. Carmen y su hermana creen, como tantos otros enfermos, que son ellas las que dominan la situación, que cuando quieran lo dejan, que se trata de crisis pasajeras que ocurren porque las cosas vienen mal dadas, que se puede empezar de cero...

En la última crisis de Carmen, el pasado mes de febrero, su hijo menor Julián Contreras, Junior, la encontró una noche en un estado preocupante. La ingresaron de inmediato con vómitos y gastroenteritis, debido según cuenta su propio hijo a un consumo excesivo de un somnífero a base de benzodiacepina. «Mi madre está enferma, la adicción es una enfermedad», explicaba Junior, sincero y valiente, en su primera y, según él, última comparecencia televisiva para acallar rumores de intentos de suicidio y otras inexactitudes que circulaban por distintas tertulias. Al día siguiente Carmina volvió a casa, pero su estado requería un tratamiento de urgencia en un centro especializado.

Y aunque se resistía a estar dos meses fuera de juego, su hijo la acompañó por fin a la clínica Cita, cercana a Granollers.Un mes entero incomunicada junto a cuarenta y tantos pacientes más, en tratamiento y con una actividad física a su elección.

Eligió la lavandería. Así que a los 49 años Carmen Ordóñez ha aprendido por primera vez en su vida a enchufar una lavadora y a planchar. Dicen que le encanta, que la plancha le parece fascinante y que sus compañeros le han enseñado a encender un ordenador, a entrar en Internet y a escribir correos electrónicos, la única forma de conectarse con los suyos que le estaba permitida.

Así se enteró de que su hermana Belén estaba también internada por una sobredosis en otra clínica catalana, donde también se desintoxica de su adicción a la cocaína (confesada en un programa de televisión que paga por estas declaraciones) Pepe el Marismeño, uno de los últimos romances de Carmina. Carmen disfruta ya de un régimen abierto en un hotel-balneario, donde la acompaña una amiga, y acude a la clínica tres veces por semana para el tratamiento.Hasta mayo no le darán el alta.

La fotografía que se ha publicado estos días de Belén Ordóñez, en la ventana de la clínica Mare Nostrum de La Seva, con su inevitable cigarrillo en la boca, da cuenta de su deterioro. Cuando en 1998 se trataba de un cáncer linfático en un hospital de Houston, tampoco pudo dejar el tabaco y fumaba a escondidas como los colegiales.«No se ha cuidado nada», se quejan sus amigos. En julio de 2002, tuvo que ser operada en Madrid. El cáncer estaba esta vez en el útero, pero Belén tenía otros problemas, dependencias nefastas que, dada su escasez de defensas, le dieron más de un susto.

Esta vez la crisis ha sido más importante. Su sobrino Francisco Rivera, que pagaba su tratamiento, y Belencita, su hija, una jovencita adorable que cuida de su madre con devoción, la convencieron de la urgencia de internarse cuanto antes. Parece que no ha podido resistirlo y ha abandonado la clínica.

La cuesta abajo de las hermanas Ordóñez se agudizó en el 2002, un año nefasto en todos los sentidos. Se había muerto Elena Linaza, la tata de toda la vida, que había hecho de madre, niñera y paño de lágrimas de las hermanas y sus hijos. A la recaída de Belén se sumó el primer ingreso conocido de Carmina. Dos de sus amigos más cercanos, tuvieron que presentarse en su casa de Madrid a las tres de la mañana, avisados por alguno de los que estaban con ella en aquel momento, mientras el torero Curro Vázquez, casado con su prima Carmen Dominguín, esperaba en el coche para llevarla a un hospital. Arriba, los amigos se encontraron con dos cubanos que, como Carmen, estaban en un estado lamentable, atiborrados de sustancias tóxicas.

Carmina siempre se empeña en hablar de exceso de barbitúricos cuando explica sus dependencias. Y hasta ahora se le ha respetado el eufemismo, aunque no ha tenido más remedio que reconocer en público que se ha tomado alguna raya de cocaína. Los expertos conocen bien la espiral, tranquilizantes primero, estimulantes después, más tarde somníferos para poder conciliar el sueño, algo para espabilar al despertarse Y así sucesivamente hasta descender al fondo del abismo.

Carmen entraba aquella misma noche en la clínica San Miguel de Madrid y salió una semana después. Se había librado por los pelos de la muerte. Se imponía un tratamiento a largo plazo, que ella no consideraba necesario. «Mira, Carmina, eres una gilipollas si no te vas a una clínica», le dijo alguien de su entorno. «Cambia dos meses por dos años de vida, no seas idiota». Este primer tratamiento serio del año 2002, se acabó justo cuando empezaba el Rocío, una de sus adicciones espirituales y festivas. Pero una nueva crisis acabó con este peregrinaje. Carmina acabó de reponerse en Marruecos, donde siempre encuentra paz y buenos propósitos.

«No nos engañemos, no os engañéis», cuenta Kiko Matamoros, su antiguo manager y siempre buen amigo, que la ayudado en las duras y en las maduras. «Ese cliché que se ha dado siempre de Carmina manipulada por su entorno es una falacia. Ella es la única responsable de lo que le ocurre, aunque es una persona débil y enormemente generosa con todo el mundo, que lo da todo y a la que el dinero le importa un bledo». Esa generosidad explica que se haya esfumado la fortuna que heredó primero de su madre, y lo que después le dejó Antonio Ordóñez, no mucho, sólo la legítima.

El torero, sabiendo cómo se administraba su hija, prefirió dejar sus bienes directamente a los nietos. Este verano Carmen vendió la casa que se había comprado en El Aljarafe sevillano. Eran los últimos flecos de la herencia de su padre. Pero ha habido otros ingresos. Entrevistas exclusivas, presentaciones y promociones publicitarias... En los últimos años y junto a Kiko Matamoros, Carmen ha llegado a facturar más de 180 millones de las antiguas pesetas por año. Todo ha desaparecido.

Y es que Carmen ayuda a su ex marido Julián Contreras, padre de su tercer hijo, aunque no se crea mucho la veracidad de sus peticiones: como que una inspección de sanidad le puede cerrar el chiringuito y eso cuesta algunos millones. Carmen ayudaba a su antiguo novio, El Marismeño, incluso después de mandarlo a paseo. Y nunca olvida las necesidades de su hermana Belén, que no cobra de las revistas y tenía sólo una pequeña renta que le daba el administrador de su padre. Carmen no mide de cuánto dispone y reparte todo lo que tiene. Así va su economía.

Ella piensa que siempre habrá una exclusiva en televisión o un reportaje pagado que la sacará de apuros. Pero a los 49 años, su extraordinaria belleza de rasgos más Dominguín que Ordóñez, se difumina en una cara marcada por los excesos.

Lo tuvo todo, pudo haber llegado a donde hubiera querido, pero siempre condujo por dirección prohibida. Porque Carmina Dominguín y Antonio Ordóñez fueron blandos con sus hijas pero les dieron una educación con principios. Estudiaron en el Liceo Francés de Madrid y poco más, aunque tenían privilegios que no da ninguna universidad, como ver en su casa a Ernest Hemingway, admirador del arte de su padre. O a Orson Welles, a quien Carmina llama el tío Orson, que está enterrado en el jardín de la casa que tenía Ordóñez en Ronda.

A los 17 años Carmina se casaba con Paquirri, pero el matrimonio sólo duró seis años. Luego descubrió todo lo que no había vivido hasta entonces. La noche de Marbella, algún playboy trasnochado y el impacto que causaba su belleza en los hombres. Vivió diversas aventuras sentimentales, siempre con el hombre equivocado y en el momento menos oportuno. El segundo marido fue Julián Contreras, un cantante que no pudo ser con el que se estableció en Rabat.Las buenas relaciones de Carmina con los hijos del rey Hassán II la situaban en una posición inmejorable para ayudar a empresarios españoles a hacer negocios en Marruecos, pero no supo aprovechar esa oportunidad. Volvió a Madrid con las manos vacías y un marido menos. Hasta que apareció Ernesto Neyra, también artista de poco relumbre, con el que ha terminado en los tribunales, donde Carmen le acusa de haberla maltratado, en varias ocasiones, en presencia incluso de su hijo Junior.

Belén no ha tenido mejor suerte. Después de separarse del torero Juan Beca Belmonte, se enamoró de Curro Ruiz, el padre de su hija, que murió de un cáncer linfático y con el que no llegó a casarse. Su matrimonio con un torero surmericano duró poco, el tipo era violento y le hizo la vida imposible. Carmen y Belén Ordóñez tenían todas las papeletas para ser felices. No ha habido suerte.

{
}
{
}

Deja tu comentario El drama de las Ordóñez

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre