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Un joven centenario

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En algunas disciplinas, como la medicina, se afirma que el exceso de cercanía obnubila o perjudica la labor del profesional sobre el sujeto pasivo, en ese caso el paciente. Para el biógrafo, el historiador o el simple cronista, dicha circunstancia comporta, es cierto, riesgos y aún peligros, el corazón -esa entrépita metáfora- se cruza a veces entre lo que quisiéramos decir y lo que el afecto y la parcialidad nos dicta. Igualmente es inconvenientemente tentador el perdernos en la anécdota cotidiana, familiar no siempre trascendente, por esclarecido que sea el sujeto.

Uslar fue un hombre de inasible libertad de espíritu, de allí que nadie puede intentar asumir una especie de curatela intelectual sobre la obra y el hombre que palpitaron en la sólida estructura física y mental del gran venezolano, lo que Uslar significó, significa y significará en la historia de Venezuela y en la de las letras castellanas, no necesita ni tolera el pretencioso albaceazgo de nadie, no sólo porque tiene causahabientes de su sangre, que le ofrendan a diario su creativa, sostenida y vigilante veneración –como su hijo Federico Alfredo Uslar Braun- celoso con razón de su prestigio, así como también causahabientes de su amistad y de su afecto que no permitiremos jamás que se abuse de su nombre y de su pensamiento siempre vivo, actual y proyectado, con audacia de verdadero pensador, al futuro de nuestros pueblos y de sus realidades, sino porque él representa lo mejor de lo “afirmativo venezolano” tomando prestada la frase de mi también muy admirado Augusto Mijares. 

Arturo Uslar Pietri tuvo el extraordinario privilegio de ver y leer el brillante y trabajado texto que le consagrara Astrid Avendaño y de considerarlo plenamente logrado, comparto su visión, sin que crea, desde luego, que Avendaño agota al hombre inagotable, o al continente de hombrías, para decirlo glosando la superlativa prosa de su hijo Arturo Uslar Braun, que convivió en él. Ya se anuncian auspiciosos dos trabajos biográficos hijos de las avezadas manos de mi amigo Rafael Arráiz Lucca.

Usualmente los centenarios difícilmente evaden el profano aroma de la naftalina, con Uslar no sólo ocurre lo contrario, sino que pareciera imposible que una personalidad que aún gravita en la diaria polémica del drama venezolano, haya desaparecido físicamente, y mucho menos que hayan transcurrido 100 años de su advenimiento al mundo en esta tierra de gracia que aún seguimos llamando Venezuela. Paradoja esencialmente suya, celebramos el centenario de un joven, un ser que nunca cancelo su curiosidad intelectual ni escatimo su palabra admonitoria y visionaria para alertar a sus conciudadanos de los disímiles peligros que los acechaban y de asumir su puesto de combate, con serenidad y sin desmelenamientos, cada vez que la Patria requirió que una conciencia superior nos reclamara rectificaciones y acciones concluyentes. 

No pretendo erigir la presencia de Uslar –me niego a decir la memoria- en un oráculo infalible, tal cosa sería no sólo ridícula, sino indigna de él. Fue un hombre, un gran hombre, una de las presencias tutelares de la nacionalidad, cuya vigencia crece y se proyecta mas cada día.

Vivió intensamente su juventud, calmó la sed de los instintos que a todos nos gobiernan y cuando supo que su sed se había decantado, afinado, tamizado se casó con una gran dama, bella e inteligente y ambos se consagraron –y el término no es exagerado- el uno al otro, con ejemplar dedicación y era palpable que al hacerlo ninguno de los dos sentía que sacrificaba nada sino que todo lo ganaba, eso era palpable para quienes tuvimos el privilegio de compartir su techo, de viajar junto a ellos, de ser parte de una cotidianidad sin pretensiones, excesos ni estridencias, con el verdadero señorío de la sencillez autentica.

El “Viejo Uslar” como irreverentemente nos acostumbramos a llamarlo –copiando a sus hijos- evidentemente cuando no estaba presente, nunca tuvo necesidad de encolerizarse para hacerse respetar, creo poder contar con los dedos de una mano las veces que lo vi enrojecer de indignación y entonces sus palabras, nunca altisonantes, adquirían el efecto letal de un estilete preciso y concluyente, eso bastaba.

Para los jóvenes que fuimos a su sombra fue un manantial inagotable de enriquecimiento, las amables discusiones que muchas veces sostuvimos solos, él y yo, al abrigo de su biblioteca, sobre política y literatura constituyeron para mí un acervo invaluable, tanto en las muy pocas veces en que le “ganaba” como en las incontables en que se imponía su talento y vividura. Nunca me sentiré lejos de él.

Y eso es lo que deseo para la juventud venezolana de hoy, los escritores tenemos el injusto privilegio de no morir, cada vez que alguien abra un libro o lea un artículo o pensamiento que hayamos producido, donde quiera que se encuentre el deshojado corazón, renaceremos a través de esa otra sangre del hombre que es la tinta, cuando en lo que escribimos ponemos lo mejor de nosotros mismos. Uslar Pietri tiene asegurada la inmortalidad porque sembró algo mucho más importante que el petróleo, estableció un paradigma, una manera superior de ser venezolano, como hombre predicó y vivió dentro de un esquema de valores que no son limitables en el tiempo, ni en el espacio. Mi angustia no es por él, a veces temo que sobreviva al país que tanto amó y que hoy se encuentra amenazado y desmoralizado. Uslar dejó de respirar a los noventa y dos años, negándose a abandonar su tierra y su historia, esa es la mejor lección para los jóvenes de hoy, busquen sus libros, abreven en sus ideas, no abandonen jamás este suelo bendito aunque hoy se encuentre profanado.

¡Salud doctor Uslar, por sus próximos cien años!

Alfredo Coronil Hartmann 

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