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Del placer y el dolor

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En la antigüedad, los griegos se rebanaron los sesos debatiendo acerca del placer y el dolor. Los filósofos cirenaicos argumentaban que el hombre debía satisfacer sus deseos y procurar el placer sin preocuparse por los demás. Mientras tanto, los discípulos de Epicuro definían al placer en un sentido mucho más amplio. Lo concebían no como la pura satisfacción de los sentidos, sino como un estado de disfrute continuo y de ausencia de dolor. Según esta última escuela, permanecer en esa condición, de placer continuo y de ausencia de dolor, equivaldría a alcanzar la dicha, supondría la felicidad plena. Mientras los primeros abogaban por la gratificación inmediata, antes que la ganancia a largo plazo; los epicúreos defendían el ejercicio de la prudencia y el uso de la razón, identificando al placer con la tranquilidad, privilegiando la administración de los deseos antes que la adquisición inmediata del placer. Ambas escuelas abrieron el paso a las corrientes del hedonismo en sus diversas versiones, tanto radicales como moderadas. El hedonismo es de carácter individualista y sostiene que la satisfacción humana se encuentra en la búsqueda y posesión del placer material y físico.  Los japoneses parecen contar también con su propia filosofía acerca del placer y el dolor. Una manera de pensar, que sin tener asiento en la cultura de Occidente, se asemeja más al pensamiento moderado de los epicúreos. Una doctrina, la japonesa, que partiría de la concepción de que no existe un estado absoluto de placer, sino que se hace necesario aprender a dosificar ambos elementos: tanto el dolor como el placer. Si analizamos el tema desde el lado de la motivación humana, podríamos descubrir que ciertas teorías sobre la motivación tratan de explicarla afirmando que lo que nos motiva, lo que nos mueve hacia adelante, es fundamentalmente el alejarnos del dolor y el procurar acercarnos al placer. Es esta la eterna carrera del hombre en la búsqueda de la felicidad.

A raíz del terrible terremoto y tsunami de Marzo de 2011, una apreciada amiga japonesa de Yokohama, a quién conozco por más de 20 años, me impresionó con una idea; me dijo: "creo que en Japón teníamos demasiada felicidad......mientras que en otras partes del mundo hay todavía mucha gente que sufre..." Intentando comprender su apreciación, le pregunté porqué pensaba así. Y de nuestra conversación pude entender entonces que mi amiga trataba de asociar a aquellas fuerzas de la naturaleza, que habían golpeado tan trágicamente a su país, con una especie de castigo divino, con una suerte de ajuste del equilibrio entre el placer y el dolor. Trataba de interpretar ella el hecho como una especie de doloroso llamado a sus paisanos a reaccionar, a despertar a la crudeza de la vida. A recordar sobre el dolor de la vida, y a estar espiritualmente preparados, en medio de la situación privilegiada y materialmente placentera de la que puede disfrutar la sociedad japonesa de hoy. Asimilé sus palabras y me atreví a relacionarlas con un valor intrínseco de la sociedad japonesa, como es el de la aceptación del destino. No solo los japoneses le podrían otorgar un carácter místico, religioso y trascendente a estos hechos de la vida, lo hacemos nosotros en el Occidente cristiano también. Tan solo por estos días, en la homilía del tercer domingo de cuaresma, en la iglesia católica de Kobe, el sacerdote oficiante de la misa, ha llamado a los feligreses a aceptar que es necesario cambiar y que el cambio implica dolor. Nos pidió comprender que los cristianos debemos "aprender a aceptar el dolor de la disciplina, para así evitar más tarde el dolor del lamento"

Históricamente, el pueblo japonés ha encontrado placer en la contemplación de la naturaleza, en el cambio de las estaciones y en la apreciación de la belleza de las cosas más sencillas. Decidió alejarse del dolor que representa la guerra, la miseria, el subdesarrollo y el hambre. Hizo uso del trabajo - que bien podría ser considerado como un dolor – y se propuso alcanzar el placer que significan el desarrollo y el bienestar colectivo. Es decir, lo hizo administrando sus deseos y sus necesidades, a cambio de una apuesta de bienestar a largo plazo. A lo largo de todos estos años, esta nación ha estado animada por una motivación profunda a no repetir la historia, a aprender de ella para construir; empleando la prudencia y la razón. Para los japoneses, el trabajo es un deber, un dolor pasajero que deben convertir en un placer. Uno que promete mejores gratificaciones, tanto individuales como colectivas. Su propensión al ahorro y su disposición a sacrificar beneficios inmediatos por ganancias futuras, es una forma de administrar el placer y el dolor. Ahorrar, invertir a largo plazo y construir una seguridad  financiera es otra forma de conseguir placer. Una manera de alejarse de un potencial dolor a futuro. Algunos filósofos de la antigüedad también advierten que el exceso de placer se puede convertir en un vicio. Después de años de crecimiento y expansión de la economía, una vez alcanzados mejores estándares de vida, las autoridades japonesas han tenido que luchar para cambiar los hábitos y apartar a algunos ciudadanos del "vicio" del trabajo excesivo. Se introdujeron campañas para invitar a la gente a tomar vacaciones, a pasar más tiempo con la familia y a viajar. Una vez alcanzado un alto nivel de desarrollo, se han alentado reformas laborales para reducir las jornadas de trabajo e incentivar el tiempo de ocio. Los cambios han venido ocurriendo lentamente. Mientras tanto, el japonés promedio parece seguir inmerso en la dinámica del trabajo como fuerza creadora y liberadora, como fuente inequívoca de placer futuro, de seguridad y bienestar colectivo.

Las enseñanzas filosóficas de Occidente también nos hablan de la llamada vida comprometida. Es decir, una vida basada en gratificaciones que no pueden ser adquiridas tomando atajos, sino encontrando un adecuado balance entre reto y habilidad. En Venezuela, propendemos al disfrute inmediato y a privilegiar el hoy antes que el mañana. Con la pérdida de valores que experimenta hoy nuestra sociedad, muchos jóvenes viven para disfrutar "hoy" sin importarles el "mañana". En los últimos años, muchos de ellos se han sumergido en una espiral hedonista, donde lo que más importa es el placer inmediato, el poseer, el tener; antes que cultivar el saber. En nuestro país, que se encuentra inmerso en una dinámica económica perversa de inflación y escasez, se han exacerbado  la búsqueda, posesión y mantenimiento del poder, del placer material y del enriquecimiento súbito. La avalancha de recursos administrados por pocas manos ha disparado la ambición, el egocentrismo y el individualismo. Por su parte los japoneses, que cuentan fundamentalmente con el trabajo para progresar y alcanzar la felicidad, han preferido mantener un balance entre el reto de alcanzar el placer y la habilidad colectiva para superar ese reto. Han creado un sistema de valores según el cual no se alcanza el placer del bienestar y del progreso tomando atajo alguno. Se alcanza por el camino del trabajo y del servicio a la sociedad, mediante la educación y con el concurso del mérito propio.

En el mundo moderno, el placer del que hablan los filósofos antiguos se traduciría en contar con una buena calidad de vida. En disfrutar de la amistad, la grata conversación y la buena mesa. Se trata del placer del sexo y de una buena salud. De la actividad física, el ejercicio y la vida sana. En la vida moderna, podemos ver la otra cara, la del dolor, en la inseguridad, en la escasez y la contaminación. En las enfermedades, la falta de orden y la ausencia de una verdadera convivencia ciudadana. En la anomia y la pobreza, en la injusticia y la corrupción. Venezuela está injustamente llena de dolor, a pesar de sus inmensos recursos y de su buena gente. Más temprano que tarde, ojalá pueda Venezuela y podamos los venezolanos, alcanzar la felicidad por medio de la prudencia, la razón y el trabajo.  Podamos alejarnos del dolor actual, acercándonos al placer de una paz duradera, de una excelente calidad de vida y del bienestar espiritual y material que merecemos.   

izquierdomoreno@gmail.com
twitter: @nizquiermo

 

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