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De Pozo de Rosas a la Gran Muralla.

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Unos 30 años atrás, cuando recién empezaba mi carrera, visité en varias ocasiones el sector denominado "Pozo de Rosas", cerca de la población de San Pedro, en los altos mirandinos. Para la época era este un lugar muy apropiado para realizar cursos de capacitación, encuentros técnicos y seminarios empresariales de diversa índole. Sitio tranquilo y de gran belleza natural, ideal para el estudio,  ubicado entre las verdes montañas de la Cordillera de la Costa venezolana. Hoy, mi trabajo en Japón me lleva con frecuencia a visitar China. Así que aquel enclave mirandino vino a mi mente de nuevo hace algunas semanas, cuando me encontré en una actividad de entrenamiento, pero en esta ocasión en las colinas al noreste de Beijing, en la localidad de Mutianyu, al pie de la Gran Muralla China. Un lugar también de gran belleza natural, por sus montañas boscosas y riachuelos, y un sitio de indiscutible valor histórico e interés cultural para el mundo.

Muchos años han pasado entre esos dos momentos de mi carrera. Grandes cambios ha experimentado también la humanidad, desde principio de los años 80 a la segunda década del siglo XXI. Los cambios en los ámbitos económico, social y cultural son evidentes, no solo en Japón y en Venezuela, sino también en China.  Esta nación se ha convertido en las tres últimas décadas en la segunda economía a nivel mundial, en la principal financista de la economía norteamericana y en uno de los mayores socios comerciales del Japón. Pero China también ha devenido en años recientes en un fuerte aliado comercial y político  de Venezuela, con una presencia creciente en el país. De manera que algunas de mis reflexiones, al pie de la Gran Muralla, me llevaron a analizar y contrastar la evolución reciente de este importante país del continente asiático, a la luz de las realidades japonesa y venezolana actuales.  

China, a pesar de su tamaño y potencial, sigue siendo hoy al igual que Venezuela un país en desarrollo. Los profesionales chinos con los que me toca interactuar frecuentemente, vienen de padres y abuelos que en la mayoría de los casos fueron humildes agricultores. Me enorgullece evidenciar ante ellos que en mi caso también mis bisabuelos y abuelos, siendo de condición humilde, se ganaban la vida labrando el campo venezolano. Unos provenían de las sabanas y riberas de los ríos en el llano apureño y otros de las colinas y pastizales del Estado Yaracuy. Por su lado, los bisabuelos de mis pares chinos posiblemente cultivaban arroz y verduras cuando llegó la Revolución Maoista. Los míos criaron aves, cosecharon caraotas y cítricos y sostenían la ganadería de leche en condiciones muy precarias, desde los tiempos de la dictadura de Gómez. Una época en la que el petróleo comenzaba a cambiar, a reconfigurar la vida económica y social de Venezuela. Como se puede adivinar, China - una de las naciones más pobladas del planeta - tenía para mediados del siglo pasado una gran cantidad de ciudadanos en condición de pobreza. Y esa población se mantuvo en la pobreza durante muchos años, incluyendo períodos de hambruna, mientras su gobierno experimentaba con el llamado socialismo real. Durante los años de la llamada Revolución Cultural, el gobierno comunista chino intentó cambiar hasta la milenaria historia y cultura de su nación, empezando por el idioma. En ese período, no solo se destruyeron edificaciones antiguas y valiosas, sino que se decidió cambiar la escritura, modificando los caracteres tradicionales del idioma mandarín, en un intento por borrar en parte los símbolos de su historia.

No obstante, a partir de los años 80, China dio un giro en sus políticas económicas e inició una serie de reformas orientadas a la apertura de su economía, al impulso del comercio internacional y a la búsqueda del crecimiento; empleando un modelo de economía de mercado. Desde entonces, las cifras son simplemente impresionantes. Desde 1981, gracias a estas reformas de estilo capitalista, han salido de la pobreza la increíble cifra de 660 millones de chinos, es decir aproximadamente la mitad de su población actual. Un total de 17 millones de nuevos empleados ingresan al mercado laboral cada año en China. Para sostener en el tiempo cifras como estas, se requiere un altísimo y constante crecimiento económico. Es esta sin duda una parte importante de la ecuación del desarrollo. Los profesionales chinos de mi generación, pudieron educarse en las mejores universidades de ese país, estudiando con mucho esfuerzo y no sin sacrificios. En su infancia y adolescencia vivían con sus familias en especies de comunas vecinales, casas ubicadas en el campo con espacios comunes y compartidos por varias familias. En esos patios comunales descubrieron mis contemporáneos la televisión apenas en los años 70, cuando por primera vez llegaría un aparato al poblado más cercano. A algunos de ellos les toco caminar kilómetros para lograr ver una transmisión de TV por primera vez. Hoy en día, las antiguas comunas han sido abandonadas con la emigración que se ha producido a las ciudades y a sus fábricas. Cuando estos profesionales iniciaron su carrera, se estaba recién instalando en China la cadena de restaurantes Mc Donalds, como parte de la apertura económica inicial. Mis pares de hoy, profesionales del más alto nivel en la vida económica actual de China, comenzaron ganando sueldos de entre 50 a 200 yuanes, cuando una hamburguesa de Mc Donalds costaba unos 20 yuanes y comerse una era simplemente un lujo para ellos como recién graduados.

A partir del nuevo régimen económico chino - mezcla de iniciativa privada y dirección del estado - en un lapso de 20 años China se ha convertido en la "fabrica del mundo". El lugar donde muchas industrias manufactureras globales quieren estar para abaratar los costos de producción. Satisfacer la necesidad de producir a bajo costo para los consumidores de todo el mundo no ha sido gratis, ha tenido su precio.  El crecimiento chino conlleva un impacto no solo económico y social, sino un reto geopolítico y ambiental importante. Junto a legítimas mercaderías, que llegan a más consumidores globales, se ha multiplicado la piratería. La gran fábrica del mundo genera también preocupación por la contaminación y por su impacto en el calentamiento global. Así que por algún lado los consumidores mundiales la pagamos, si queremos productos más baratos. Para un país vecino como Japón - que observa a China de cerca desde hace siglos - así como para sus empresas, la emergencia de China también conlleva preocupaciones. Un ejecutivo japonés me comenta: "con nuestros salarios caros en Japón no podemos ya competir con China...".  Esos salarios caros son, no obstante, el precio del crecimiento y bienestar trabajado y labrado a lo largo de los años en países desarrollados como el Japón. Mientras, que en China se sacrifican millones en empleos de bajo costo para satisfacer los mercados mundiales que quieren consumir más y más barato (piratería incluida).

Con un mayor ingreso per-cápita, el salario real se ha incrementado y se ha elevado el nivel de vida de muchos ciudadanos chinos. El inmenso mercado interno ha crecido tanto que se han desarrollado productos exclusivos para este mercado. Como ocurre con el segmento de autos de lujo, donde una investigación de las tendencias del consumidor chino moderno encontró la necesidad de un automóvil de línea deportiva, pero de tamaño familiar. Así pues, en cualquier autopista china podrá usted ver un modelo de automóvil marca Porsche, tipo sedan y de cuatro puertas. Un vehículo diseñado y fabricado exclusivamente para el mercado chino. Cada vez más, aquellos ciudadanos chinos que disfrutan de un mayor ingreso aspiran mayores y mejores productos y servicios, planean enviar a sus hijos a estudiar idiomas al extranjero y disfrutan de lujos y comodidades que no podrían ni haber soñado sus ancestros, no hace muchas décadas. De lo que no cabe duda es de que el capitalismo terminó salvando a China.  El aumento del ingreso chino confirma la importancia de generar un crecimiento económico sostenido, en un ambiente macro-económico adecuado, para comenzar a ganar la batalla a la pobreza. Cito al periodista venezolano Fausto Maso, quien hace poco escribía: "Nadie soporta vivir en el socialismo real, pero después de cien fracasos la utopía siempre encontrará seguidores, hasta que los sueños llevan nuevamente a la ruina. Aunque dispone de recursos aparentemente ilimitados, el supuesto socialismo del siglo XXI vuelve al venezolano buhonero, empleado público mal pagado, o trabajador sin derechos sindicales en empresas estatizadas que no cumplen las leyes sociales".

Regresando a mis cavilaciones, a propósito de nuestro país, pienso que en Venezuela necesitamos no solo trabajo duro, sino crecimiento sostenido, ahorro e inversión. Nuestra gente trabaja muy duro pero la inflación se come sus ahorros, como consecuencia de políticas económicas equivocadas.  Menos pueden ellos invertir cuando no consiguen ahorrar, mientras quien tiene capital no cuenta con la confianza, por políticas económicas que no ofrecen ni los incentivos ni la seguridad necesarias. Entre la época de mis cursos enPozo de Rosas y mi pasantía por la Gran Muralla, mucha agua ha pasado debajo de los puentes. En ese lapso, China se refugió en la economía de mercado y abandonó el socialismo real; esa especie de mujer fatal de la que muchos se enamoran siendo adolescentes y de la que después como adultos luchan por escapar cuando se dan cuenta que los conduce a la ruina

izquierdomoreno@gmail.com
twitter: @nizquier

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