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El Titanic de Hugo

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Ciertamente, el tema de esta semana ha sido la grave enfermedad de Chávez y los varios escenarios que se plantean en caso de deceso o reposo perenne del enfermo.

La oposición ha sido muy cauta en el manejo de este espinoso asunto, y digo espinoso porque la respuesta natural, políticamente correcta y decorosa de cualquier ser humano es de respeto a la gravedad y padecimiento de un enfermo; además, el oficialismo ha demostrado que le sabe sacar provecho, mediante la manipulación, a la enfermedad del Presidente. Veamos.

Lo primero que hay que decir es que todos los canales oficialistas, unos siete nada más en Caracas, se han encadenado en su respaldo a Chávez, con abundantes lágrimas y mucosidades. Todos los opinadores de oficio confesamente chavistas buscan hacer declaraciones enternecedoras, acariciando el ego de Chávez, elevándolo a la santa condición de luchador incansable contra la pobreza y protector de los más débiles. Atrás quedaron, en el recuerdo del mismo chavismo, el verbo descalificador, la vehemencia guerrerista, la mofa constante (hasta hace poco con burla y desenfado le decía "majunche" a su adversario político en la carrera para hacerse con la presidencia, comparándolo con la "nada"), y la palabrota que ensucia la boca de nuestro Presidente, que en un delirio preoperatorio se ha atrevido a decir, sin rubor alguno, que antes de su llegada al poder no teníamos patria, es decir, que Venezuela como nación no existía, y que tanto usted como yo éramos cosmopolitas, ciudadanos del mundo, desarraigados sin terruño y bandera colectiva.

Da vergüenza ajena ver algunos videos en los cuales aparece un Chávez amoroso abrazando a un inocente niño o besando a una dulce viejecita que lo mira con afecto y devoción, con un fondo musical romántico y evocador que invita a la tristeza, las lágrimas y el recogimiento espiritual.

Hasta Maduro, el sucesor, se ha visto en la necesidad de incorporarse al coro de las plañideras para demostrar sus nobles y bondadosos sentimientos. En el primer acto público que hiciera como sucesor se le ocurrió hablar, con la voz entrecortada y llorosa, de Chávez; y en una exhibición de canina lealtad soltó la siguiente perla: él, Maduro, le va a ser fiel a Chávez, más allá de la muerte (¿qué querrá decir, que nuestro presidente santurrón se va a morir?). Aquel recinto estalló en lágrimas, las narices goteaban; la cámara hizo especial énfasis en los rostros de cada uno de los presentes, en sus ojos llorosos, embargados de tristeza. Sentía que estaba observando el final de la película Titanic, en la cual su director, James Cameron, se esfuerza impúdicamente en darnos un masaje sentimental y conmovedor en las glándulas lacrimosas para que nos vayamos en llanto. Aquí es que uno extraña el cine de autor, que sugiere más de lo que enseña desembozadamente; comparen este final de Titanic con el de la película Los Coristas, de Christophe Barratier, cuyo cierre conmovedor no acudió al fácil expediente de la toma cerrada y frontal a los ojos lagrimeantes del protagonista.

Confieso que el espectáculo me causó repulsión, como el manipulador final de la película Titanic. Sin embargo, el efecto no fue exactamente el mismo que el de la película de James Cameron. Aquí, los rasgos suaves y armónicos de Leonardo DiCaprio hacen buena pareja con la melodía interpretada por la vocalista Céline Dion; mientras allá, en la vulgar por manipuladora novela del Gobierno, tenemos como telón de fondo a un Gobierno sectario, que llama apátridas a más de un 40% (sí, dije un 40%) de venezolanos que no apoyan a Chávez y que están tan cansados del insulto y descalificación constantes que han terminado por ser más radicales y extremistas que los mismos chavistas, movidos por el odio que les inspira la figura presidencial, a la cual le desean, hay que decirlo, seamos sinceros, que no sufra más este martirio de estar vivo y se vaya a reposar tranquila y cómodamente al mausoleo que le acaban de construir al Libertador, que aún no se ha especificado cuál de los dos será, si Bolívar o el de este hombre, Hugo Chávez, rey y engendrador de la patria, que tiene a todo un país rezando: a poco más de la mitad porque se restablezca y sane; y a más de un 40% (sí, dije otra vez 40%) porque deje de sufrir los rigores de esta calamitosa vida. 

Yo estoy orando también, y para mayor seguridad le acabo de expresar por escrito al Niño Jesús, Santa Claus (el mismísimo gordo ese de espíritu bonachón que vive en el imperio) y a los Reyes Magos mis deseos. ¿Y usted?

RUBÉN DE MAYO |  EL UNIVERSAL

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