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Si vamos a copiar, habrá que copiar bien

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Una amable lectora comenta uno de mis recientes notas y me manifiesta que a ella le produce envidia el admirable desarrollo del Japón, pero eso sí envidia de la buena. También me dice, la consecuente amiga lectora, que ojalá los latinoamericanos pudiéramos "copiar" a los japoneses. En verdad, mi estimada amiga, tiene usted razón en pensar así y le digo que sí hay muchas razones para sentir envidia, y cómo usted bien lo dice "envidia de la buena". ¿Cómo no admirar, envidiar y hasta querer copiar lo bueno de una sociedad libre que es capaz de producir en abundancia para satisfacer las necesidades de su población y donde sus ciudadanos cuentan con educación, salud, trabajo, alimento y seguridad? ¿Cómo no mirar hacia un lugar donde se hace justicia para todos y donde cada cual tiene la oportunidad de realizarse plenamente y de ser feliz? ¿Cómo no querer emular lo bueno de un país donde cada quién puede dedicarse a lo que le resulta mejor según sus capacidades y talentos, prosperar y tener éxito? 

Estoy persuadido de que "copiar puede ser bueno", pero también estoy convencido de que "hay que saber copiar". En especial, saber a quién se debe copiar, entendiendo bien primero qué modelo de sociedad es el que se aspira y cuáles son los modelos definitivamente indeseables. Veamos pues cómo el Japón lo ha sabido hacer a lo largo del último siglo y medio. Este es un país que, llegando tarde a la revolución industrial a fines del siglo XIX, supo darle alcance a las potencias de la época, no haciendo otra cosa que copiar inteligentemente lo que más le convenía copiar. En ese devenir supo mantener intactas sus preciadas tradiciones y costumbres, a la vez que preservaba su cultura, sus valores y su soberanía. Cuando decimos copiar, queremos decir "buscar referentes en otras sociedades", referentes que puedan servir para ser adoptados, adaptados y hasta mejorados en el propio patio. Partiendo del principio de que todo es mejorable, quién copia tiene siempre la posibilidad de mejorar lo copiado, aprovechándose de la experiencia o de los errores de aquel de quién se copia. Una antigua conseja japonesa reza que se no basta con copiar, es necesario adaptar, asimilar y después mejorar. Esta conseja ha sido empleada en más de una ocasión en la historia de esta nación. En el siglo XI, Japón adoptó parte del sistema de escritura chino, lo modificó e incorporó a su propio sistema de escritura. El Budismo, originalmente de la India pero traído de la China al Japón, fue asimilado con variantes que lo han convertido en una religión japonesa propia. Por su parte, muchas industrias japonesas han basado gran parte de su éxito exportador en copiar y mejorar las tecnologías, empleando conceptos propios como el Kaizen o la filosofía del mejoramiento continuo. 

Un admirado personaje de la historia japonesa, considerado un auténtico precursor de la modernidad, fue quién inició por allá por 1.864 una verdadera revolución en la tierra del sol naciente. Cuando el joven y visionario Sakamoto Ryoma, un samurai de las clases más bajas, junto a otros de sus colegas dio inicio a su movimiento, rebelándose contra la estructura feudal del Shogunato, parecía tener un pié en el siglo XIX y el otro ya en el siglo XX. Sakamoto y su movimiento terminaron por lanzar definitivamente al Japón a la modernidad. Aunque Ryoma murió muy joven, apenas a los 33 años, sus seguidores sentaron las bases para la abolición del feudalismo y la reunificación del país, e impulsaron profundos cambios políticos y sociales. Para el momento de aquella transformación, Japón era una nación pobre, militarmente débil y tecnológicamente atrasada, es decir un país sub-desarrollado según los estándares de hoy. Se inspiraron aquellos hombres en el anhelo de evitar una posible colonización por las potencias occidentales de entonces, entre ellas la Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos de América. Después de haber resistido a holandeses y portugueses por varios siglos, se percataron con gran visión de que el mundo había cambiado y de que su nación debía unirse para afrontar el reto de las potencias, aquellas que pocos años antes los habían forzado a salir de su aislamiento comercial. Para ello, en vez de antagonizar con aquellas, creyeron que era necesario precisamente acercárseles y copiar más bien de las naciones que les superaban en poder y amenazaban su soberanía. Después de leer e inspirarse en las instituciones de las modernas sociedades occidentales, Sakamoto visualizó un Japón libre de las ataduras feudales. Se interesó mucho en copiar y adoptar para su país el principio constitucional estadounidense de que "todos los hombres son creados iguales". Tanto él cómo quienes le sucedieron en esta transformación, se dieron cuenta de que para competir con el mundo industrial y tecnológicamente más avanzado, los japoneses necesitaban trabajar todos unidos para modernizarse. 

Entre las reformas políticas y económicas introducidas a fines del siglo XIX, inspiradas en las instituciones occidentales, estaban la adopción de un parlamento electo, un sistema de comunicaciones y de transporte bien desarrollado, una población altamente educada y libre de las restricciones de clase feudales, un sector industrial con rápido crecimiento basado en las más recientes tecnologías y una poderosa fuerza armada. Después de padecer siglos de un régimen feudal centralizador y de férrea estructura jerárquica de clases y castas, millones de personas se encontraron repentinamente libres de escoger una ocupación y de moverse sin restricciones. Todos fueron incorporados, sin exclusiones, a la participación en el desarrollo y al progreso del país. Al proporcionar a las gentes un nuevo ambiente de seguridad política y financiera, el gobierno que sucedió alShogunato hizo posible la inversión en nuevas industrias y en tecnología, así como el crecimiento del comercio. Uno de los principios adoptados, fue el de que el conocimiento debía ser buscado por todo el mundo. De allí que cientos de estudiantes, intelectuales y académicos fueran enviados a Europa a aprender de las ciencias, las artes y la cultura de occidente. La transformación del Japón, basada en el modelo de las poderosas naciones de occidente, continuó en las décadas siguientes con impresionante velocidad y con la cooperación de toda su gente, convirtiéndose este fenómeno en una de las características más apreciables en el Japón moderno. 

El propio Ryoma se convirtió en un pionero de la libre empresa al fundar una empresa naviera y otra de comercio en la ciudad de Nagasaki. El gobierno que se instaló en ese entonces lideró el camino al construir vías férreas y navieras, instalar telégrafos y sistemas de telefonía, desarrollar astilleros, minas, e industrias ligeras, entre ellas la del azúcar, textiles, productos químicos, vidrio, cemento, etc. Estas industrias, posteriormente privatizadas, se convertirían en algunos de los grandes conglomerados que todavía existen hoy. Por los años en que Sakamoto se convirtió en precursor del Japón moderno, ya Karl Marx había escrito algunas de sus principales obras y desarrollado sus teorías socio-políticas. Los líderes japoneses de entonces, afortunadamente para su pueblo, no se dejaron seducir por la naciente idea de la denominada "lucha de clases". Yo creo que la principal razón de ello es que sin duda, acabado el feudalismo, para los japoneses no existió, como no existe hoy, más que una sola clase social y esa no es otra que "la clase japonesa". Creo que en esa temprana definición, los líderes de aquella generación marcaron el destino de las generaciones actuales al apostar por un modelo de desarrollo propio, pero que copiaba lo mejor de los referentes de las sociedades del occidente más avanzado. 

Estimada amiga lectora, si una nación de escasos recursos naturales, con un territorio limitado por accidentes geográficos y expuesto a terribles desastres naturales, ha logrado convertirse en una de las mayores economías del mundo, alcanzando un alto nivel de vida para sus ciudadanos, ¿es que los latinoamericanos con inmensas ventajas comparativas no debemos creer que si es posible lograr lo mismo? Pues, sí podemos y debemos creer, pero también debemos saber hacia donde mirar, si es que queremos copiar algo, si queremos aprender de alguien, si deseamos conseguir referentes verdaderamente útiles para nuestro desarrollo. Al igual que lo hicieron los japoneses de fines del siglo XIX, debemos mirar hacia adelante, no anclarnos en el pasado ni inspirarnos en modelos e ideas fracasadas. Copiemos lo bueno, desechando lo que ha hecho daño a muchos y lancemos de una vez por todas a nuestra región a la modernidad. En vez de antagonizar con las potencias, los japoneses aprendieron de ellos, se sentaron en la mesa de negociaciones y se fortalecieron desde adentro para poder igualarse y competir con ellas en la escena internacional. ¿Puede algún país en el siglo XXI apostar con ser una potencia con 16 millones de desempleados y con una tasa de inflación de las más altas del mundo? Si vamos a copiar, tendremos que copiar bien. 


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